Recuerdos de Santa Eulària des Riu, Ibiza

Después de una semana sin verlo asomar, hoy, ha salido el sol. Calorcito del bueno y cielos color azul Ibiza. Si, así llamamos en casa al azul intenso en un cielo sin nubes. Porque el cielo en aquella isla tiene un color especial, y todo el que la ha visitado lo sabe.

Nunca había estado allí hasta que no volví de Brighton (UK), [como ya sabéis, con un ibicenco cogido del brazo], pero aún sin haberlo visto, y por lo que me comentaba de primera mano el muchacho, ya sabía que ningún cielo azul en un día soleado en Inglaterra se le parecía.

Y disfrutando hoy de este día tan estupendo en Almería, me he acordado de mi primera visita a las islas pitiusas. Y sobre todo de mi primer paseo por Santa Eulària des Riu.
Fue hace ahora cerca de dos años. Era octubre. La primera parada fue en lo más alto de este pueblecito ibicenco, el Puig de Missa. Allí, en una colina con unas vistas impresionantes se encuentra la iglesia de Santa Eulária. Un rincón donde el tiempo parece haberse parado hace mucho.

 

El templo se construyó en el siglo XVI a modo de fortaleza, para proteger a los que vivían en la zona de los ataques de los piratas. Junto a él se encuentra un cementerio bastante singular, de los que invitan a pasear y disfrutar su paz. Tumbas encaladas, pequeños jardines, fuentes y zonas donde descansan fieles de distintas religiones, con vistas al mar.
Alrededor casitas, todas blancas, típicas ibicencas.
Un paisaje que me pareció de un encanto inigualable. Nada que ver con la imagen de fiesta y desfase que muchos tienen (o tenéis) de Ibiza y que se ha creado en estos últimos años. Creo que en este pueblo se respira la verdadera esencia de la isla.
Para mi, esta es la auténtica Ibiza. La del ambiente tranquilo,  la de estampas para inmortalizar, la que hizo nacer el espíritu hippy de los 60 y que atrajo a Bob Marley a dar su único concierto en España en los 70, la de calas para perderse…
Porque sí. Santa Eulária también tiene zona de playa. Y por supuesto, la visité ese día y el resto de mi semana en Ibiza. Acantilados impresionantes, islotes y calas paradisíacas como Es Figueral, cala Boix, cala Martina o cala Mastella. Playas de arena blanca y fina, con aguas transparentes que nada tienen que envidiar a las del Caribe.
No es raro estar tomando el sol y que un hippy se te acerque, se siente contigo a hablar, despliegue su pareo y te enseñe un sin fin de pendientes, colgantes y pulseras artesanas que va vendiendo por rincones en los que, desde luego, no vas a encontrar tiendas de souvenirs. ¿Dónde más puede pasarte eso?.  Forma parte del encanto.

 

 

Visita obligada en la isla es el mercadillo de Las Dalias, en San Carlos, también en el término municipal de Santa Eulária. Abre los sábados todo el día y anima a pasar allí un buen rato entre el color, la variedad y la animación del sitio. Hay puestecillos para todos los gustos: artesanía, bisutería, ropa… Prácticamente todo lo que venden está hecho a mano, así que son cosas muy originales. Es raro que encuentres algo igual en otro lugar.

 

Una buena opción después de pasear por el mercadillo es buscar un buen sitio para comer. Y eso es lo que hice. Bueno, en realidad ya lo había buscado ‘mi ibicenco’ y había reservado un par de día antes.
Porque si no llamas con antelación es casi imposible que consigas una mesa para comer en Can Bigots. Un pequeño restaurante familiar ubicado en cala Mastella, sobre el mar, y que aprovecho para recomendaros.

Estas son las vistas que teníamos. Una delicia. Relax y buena comida casera tradicional de la zona.
El menú allí siempre es el mismo: bullit de peix y arroz caldoso. Y se sirve a las dos de la tarde. Primero te ponen el pescado hervido y las patatas en una fuente sin caldo y después te traen el arroz que han hecho con el caldo del bullit. A mi me encantó.

El pescado lo pescan ellos mismos y ese mismo día, así que más fresco imposible. Además cocinan delante de ti, en el mismo porchecito donde están las mesas. Y lo mejor es que puedes repetir sin problema. Te sientes como en casa, cuando tu madre no te deja casi que termines el plato y ya te lo está llenando otra vez.

Para terminar la velada, y a pesar que yo no soy muy cafetera, probé el café caleta. Típico también. Un café de olla, fuerte, de los que bebían los pescadores para calentarse después de volver de la mar. Según me dijeron lleva ron, azúcar moreno y canela. Así que os podéis imaginar. ¡Eso carga las pilas a cualquiera!. Si vais allí tenéis que probarlo.

Cuando viajéis a Ibiza (porque es algo que debéis hacer al menos una vez en la vida), no os vayáis sin catar el flaó, una tarta de queso, hierbabuena y anís, también típica (si es casera, mejor que mejor); y el licor de hierbas ibicencas. Una explosión de sabores, que por cierto yo también probé casero y en el mejor ambiente (una auténtica casa payesa perdida en los bosques de Santa Eulària).

En fin, recuerdos…
No se si por la buena gastronomía, por las postales que tienen por paisajes, por las playas, por el espíritu hippy o por ese cielo azul intenso, pero yo ya cuento los días para volver a pasear por Santa Eulária des Riu.

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