Vizcaya improvisada (I) : Bilbao, Mundaka y Bermeo

Este verano ha sido raro. Las circunstancias me han obligado a decidir dónde iba a pasar mis vacaciones con apenas tres días de antelación. Y eso que yo soy de planificar mucho y con tiempo… En fin. Lo que no quería era quedarme en casa en mis días libres, pero me daba un poco igual a donde escapar. ¿Cómo elegí el destino entonces? Sencillo. Tanto como buscar vuelos baratos desde Alicante… a “cualquier lugar”, una opción que ofrece por ejemplo el buscador skyscanner.com.

El resultado fue Bilbao. ¡Qué bien, algo de fresquito! -pensé – (ja ja). Así que mi ibicenco y yo nos pusimos codo con codo a buscar alojamiento y… ¡a hacer las maletas! En 48 horas volábamos hacia la que sería nuestra primera visita a País Vasco.
Después de una largo vuelo (con escala de 11 horas en Madrid, noche en el aeropuerto incluida) llegamos a la capital de Vizcaya y alquilamos un coche. Teníamos por delante cuatro días enteros para recorrer la provincia.
Encantada con mi Fiat 500 súper cuqui
No lo sabíamos cuando compramos los billetes, pero Bilbao estaba en fiestas: su semana grande. Era viernes por la mañana y al parecer la noche del jueves había sido larga. Las calles estaban vacías y aprovechamos para pasear por Campo de Volantín, junto a la ría. ¿Quién dijo que en el norte hace fresco? ¡Qué calor pasamos! Llegamos al Guggenheim buscando algo de sombra.
Paseo por la ría y visita al Guggenheim
El museo es una de las paradas obligadas de esta ciudad. Solo por fuera ya merece la pena. Pasamos un rato observando la arquitectura del edificio y por supuesto conocimos a Puppy, la escultura de un cachorro gigante cubierto de flores realizada por el artista estadounidense Jeff Koons y que vigila la entrada al Guggenheim.
El cansancio no nos permitió ver mucho más. A medio día, de vuelta al hotel, buscamos un buen sitio donde comer junto a Sondika. Menú con dos platos contundentes, bebida, pan, postre y café por 7,50€. ¡No se come mal del todo en el norte! Con el estómago lleno, lo mejor que podíamos hacer era dormir la siesta y reponer fuerzas. Por la tarde queríamos acercarnos a disfrutar el ambiente festero de la ciudad. Y así lo hicimos.
La Marijaia adornando las calles
Las siete calles (como se conoce el centro de Bilbao) que por la mañana estaban desiertas eran, a las ocho de la tarde, casi imposible de atravesar. Durante los nueve días que duran estas fiestas el centro se viste con las llamativas cuadrillas donde bilbainos y visitantes disfrutan de música, comida y bebida. Es fácil encontrarse con actuaciones improvisadas de cantos tradicionales o danzas vascas en alguna plaza y también son tradicionales los desfiles de Gigantes y Cabezudos. La Marijaia es el símbolo oficial de las fiestas y adorna casi cada rincón, una señora regordeta con las manos en alto, como si estuviese bailando. La verdad es que se lo montan bastante bien.
Semana Grande de Bilbao
Pero lo bonito de nuestro viaje, o al menos lo que más nos llamó la atención, lo descubrimos en nuestro segundo día. Los pueblos de la costa vizcaína tienen mucho que ofrecer. Cogimos un mapa y carretera hacia Mundaka, la meca del surf.
Mundaka, la meca del surf

Aviso importante: durante los meses de verano el aparcamiento dentro del pueblo por las tardes solo está permitido a residentes. Así que lo mejor si visitáis la zona en esta época es dejar el coche justo antes de entrar, en un parking de tierra enfrente de una gasolinera. A nosotros nos costó un poco descubrirlo.
Mundaka es pequeño, se puede recorrer andando de punta a punta en unos 20 minutos. Así que no es dramático aparcar allí. De hecho, es bonito pasear por las callejuelas, cruzarte con niños, padres o abuelos con su tabla de surf bajo el brazo y rumbo a la zona del puerto, ver desde allí como rompen las olas y llegar hasta la playa de aguas frías(al menos más que las del Mediterráneo) a darte un remojón.
El ibicenco observando, a lo lejos, a los surfistas
Nosotros además tuvimos la suerte de encontrarnos con un mercadillo de segunda mano y antigüedades en la plaza del Ayuntamiento y de poder ver la ermita de Santa Catalina por dentro, ya que esa tarde había una boda. ¡Preciosa! y también las vistas desde allí, a las afueras del pueblo. Todo verde…con acantilados y el mar… En este lugar se respira paz.
ermita de Santa Catalina y plaza del Ayuntamiento
Y tan relajados nos quedamos que después de comer subimos al mirador de la Atalaya a descansar… Es algo habitual allí el tumbarse en el césped sin más y dormir la siesta o disfrutar de las vistas. Si los autóctonos lo hacen nosotros no íbamos a ser menos. 😉
Siesta en el mirador de la Atalaya
La tarde la pasamos en el pueblo de al lado, Bermeo. Merece la pena visitar el puerto viejo, rodeado por una línea de casas con fachadas muy coloridas. También el arco de San Juan y las esculturas de las vendedoras de pescado.
Paseo por Bermeo
Pero lo que más, de nuevo, la Atalaya. En lo alto, donde corría el aire que aliviaba los 30 grados que marcaba el termómetros,  hay un kiosko para tomar una caña bien fresquita acompañada de una lata de conservas que tú mismo te abres (algo típico allí al parecer). Nosotros nos tomamos unos mejillones que nos supieron a gloria. Las vistas, alucinantes.
Aunque no nos quedamos mucho tiempo. En la oficina de turismo nos habían recomendado acabar el día viendo la puesta de sol en San Juan de Gaztelugatxe… Esperamos a que el calor bajara un poco y hacia allí nos dirigimos. Lo que nos encontramos fue impresionante.
…continuará…

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