Camino al Sur. Recuerdos de la mejor Navidad de mi vida

Hace ya algún tiempo que escribí este relato. Es sobre mi experiencia como voluntaria con la ONG Camino al Sur. En su día lo presenté a un concurso de mujeres viajeras. Hoy quiero compartirlo con vosotros. 
 

Llevaba la maleta llena, mi corazón, vacío. Era el primer viaje que hacía sola y no sentía miedo. Tampoco estaba emocionada. Quizás sí, algo nerviosa. Imagino que es lo normal cuando te obligas a improvisar algo así.

Nadie entendió que decidiera pasar las navidades fuera de casa. Yo, lo estaba deseando.
El 24 de diciembre subía a un avión rumbo a Fez, Marruecos. Sabía que allí me esperaba Mustafá. Poco más.
Debo confesar que siempre había llevado en mente hacer un voluntariado, pero es de esas cosas que vas dejando pasar. Porque tienes planes con los amigos, porque para dos semanas de vacaciones que coges en el trabajo prefieres estar con tu pareja, porque la familia también quiere disfrutar de ti cuando estás libre… Esta vez nada me paraba. Es más, todo me impulsaba a huir. Quería alejarme de mi rutina. Dejar a un lado mi vida. Necesitaba perderme para encontrarme a mí misma.
Las primeras horas de mi viaje las compartí con otras diez personas. Auténticos desconocidos con los que sentí, desde el principio, tener algo en común. Cada uno teníamos nuestros motivos; todos, no más compañía que nuestra bolsa de viaje y unas pocas ilusiones. Picamos algo antes de partir camino al sur.
La aventura comenzaba en una furgoneta vieja y fría. Seis horas de carretera, de noche, sin hablar demasiado. El cansancio pudo con nosotros, conmigo. Abrí los ojos al llegar a nuestro destino, Errachídia. Eran cerca de las tres de la madrugada.
Agradecí un té calentito antes de tirar mi saco de dormir al suelo helado de la habitación que compartiríamos veinte personas. Nuestro techo era el del aula de una de las escuelas en las que íbamos a trabajar. Enseguida, silencio.
Al calor de la hoguera
Me desperté sobresaltada con la llamada a la oración. Debíamos tener una mezquita cerca. Era muy temprano pero tenía ganas de empezar el día y mis compañeros parecía que también, así que nos pusimos en pie.
Habíamos hecho todos esos kilómetros con un solo objetivo: ayudar en una de las regiones menos privilegiadas del país. ¿Cómo? De una forma bastante artística y divertida: pintando la escuela y jugando con los niños del poblado donde nos habíamos instalado. Una aldea que formaban algunas casas desperdigadas en medio de la nada.
Y así fueron pasando los días. Madrugones, trabajo, comida – cous cous-, juegos, risas… muchas risas e ilusión. No teníamos ducha. El baño, un agujero en el suelo, dejaba bastante que desear. Nos acostábamos tarde mirando las estrellas y nos levantábamos con los primeros rayos de sol. Nuestros móviles se pasaban las horas apagados -¡total no teníamos wifi!- y fui desprendiéndome de mi ropa. Me quedé con un pantalón, dos camisetas y un jersey. Había quien la necesitaba más que yo. Me di cuenta de que, en realidad, nada era imprescindible y de que cuanto menos tienes, menos necesitas y más ofreces.
Comiendo cous cous en la escuela
No hablaba francés, ni árabe. Pero los niños y yo nos entendíamos perfectamente. Me enseñaron mucho, creo que más de lo que yo les pude dar a ellos.
Pintando en la escuela
El día de nochevieja terminamos los trabajos en el colegio. Tocaba despedirse de los pequeños – no fue fácil. Empezaba la última etapa del viaje: unos días para conocer lo más turístico del sur de Marruecos.
Nos llevaron a un hotel en pleno desierto de Merzouga y… ¡primera ducha en siete días! No tengo palabras para describir aquella sensación.
Después, todos limpios y juntos, como la familia en la que nos habíamos convertido a lo largo de estos intensos días, cenamos tajine, bebimos coca cola y dimos la bienvenida al año nuevo con doce gajos de mandarina. Los bailes y cantes bereberes alargaron la noche que recuerdo como el mejor fin de año de mi vida.
Nochevieja en el desierto
Y antes de que el sol despertara emprendimos rumbo a la Gran Duna. Andando. Solo con la luz de nuestras linternas alumbrando la oscuridad del desierto. De locos. Miráramos donde miráramos había kilómetros y más kilómetros de finísima arena dorada. Nada más. ¿La recompensa del cansancio y el frío en pleno desierto? Sensaciones que sé que no volveré a tener nunca y un amanecer por el que despertaría eternamente en el mismo día.
Amanecer en la Gran Duna
No podía faltar en nuestra etapa como turistas un paseo en dromedarios por el desierto y una noche entre jaimas. Tampoco una ruta por el Valle del Dades y las Gargantas del Todra, donde se han rodado películas tan taquilleras como La Momia y cuyos impresionantes paisajes son dignos de inmortalizar. Pero mil fotos aquí no consiguieron arrancar de mí la imagen de los niños diciéndonos adiós cuando abandonamos la escuela de Errachídia tres días antes. Esa foto me acompañará de por vida.
El día 2 de enero cogía un avión de vuelta a casa. Llevaba la maleta vacía, el corazón, lleno.
Una experiencia inolvidable
Si tengo que quedarme con algo de todo el viaje, además de la gente increíble que conocí y la eterna sonrisa de los que no tienen nada más que eso, es con la sensación de que algo cambió en mí. Desde entonces no soy la misma persona.

2 comentarios

  1. Es emocionante leer tu relato. Fue una experiencia única y creo que de un modo u otro nos cambió a todos. Gracias por reflejar cada una de las emociones y las miles de sonrisas que nos regalaron aquellos días.

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