Bajo el sol de la Toscana (II): Collodi

Érase una vez un pueblecito de cuento escondido en la Toscana. Pequeño y pintoresco donde los haya. Sus casas, de piedra, están construidas sobre la ladera empinada de una colina y parecen caer en cascada. Aquí en Collodi, vivió hace muchos muchos años la mujer que dio a luz a Carlo Collodi, el creador de uno de los cuentos más conocidos del mundo: Pinocho.

AFGCX6 Collodi village Tuscany Italy

Lo encontramos por casualidad y, sin duda, ha sido una de las mejores paradas que hemos hecho en este viaje.

Por supuesto, una de las atracciones del pueblo es el Parque de Pinocho, un museo enorme al aire libre que permite la visita de gente de todas las edades y en el que uno se sumerge en un cuento para conocer la historia del personaje.

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con Pinocho y Gepetto

Pero Collodi es mucho más. Los orígenes de este pueblo se remontan al siglo XII. Está perfectamente conservado. Quienes viven allí suben y bajan andando. No tienen otra forma de llegar a sus casas. No es posible acceder en coche, pero hay sitio de sobra para aparcar de forma gratuita nada más entrar.

Hasta lo más alto son 20 minutos andando. Eso sí, todo calles empinadas. Si vais en verano os aconsejo hacerlo o a primera hora de la mañana o al atardecer. ¡Nosotros subimos a medio día y casi nos da algo!

Mereció la pena. Pasear por calles empedradas fue como retroceder en el tiempo. En la cima está la iglesia de San Bartolomeo y hay unas vistas impresionantes. Nos dijeron que desde aquí parten muchas rutas para hacer senderismo, pero ni teníamos tiempo ni íbamos preparados. Otra vez será.

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iglesia de San Bartolomeo

Para lo que sí teníamos tiempo era para tomar un vino (esto no puede faltar en la Toscana). Nos sentamos en una pequeña terraza, en la plaza del pueblo (donde por cierto hay wifi gratuito) y simplemente disfrutamos del paisaje.

Visita obligada en Collodi es la Villa Garzoni, una casa con un inmenso jardín barroco del siglo XVII. Precioso.

La entrada es algo cara, 14 euros. Pero creo que realmente lo vale. Son metros y más metros de zonas verdes, flores y esculturas que te acompañan en el paseo. Incluso hay un laberinto y un bosque de bambú.

Además la villa tiene una casa de mariposas. Es curioso ir andando y que revoloteen a tu alrededor. Está todo muy bien cuidado.

Tardamos más de una hora y media en recorrer los jardines. Y claro, camino arriba, escaleras abajo… el estómago empezaba a pedir.

Si vuestro presupuesto es ajustado, no intentéis comer en el pueblo. Es muy caro. Nosotros después de probar en los tres restaurantes que tiene decidimos coger coche y alejarnos un poco. En 5 minutos, estábamos en una taberna de carretera que fue un descubrimiento: Da Giulio. 

Nos prepararon una pizza y un calzone al horno de leña, así, delante de nuestros ojos, que aún babeo cuando me acuerdo. Riquísimos. Y de precio súper asequible. Con postre y todo comimos los dos por 23 euros.

Y colorín colorado, esta visita se ha acabado.

 

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