“Con esto del coronavirus vamos a tener que hacer el amor vía email” o historia de un vecindario en cuarentena

No era consciente de que en mi barrio viviera tanta gente. ¿Dónde estaban escondidos mis vecinos? Desde que empezó el confinamiento han ido apareciendo poco a poco.

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Recuerdo el primer día de esta cuarentena, en marzo, cuando salimos por primera vez a aplaudir al balcón. Isaac y yo éramos los únicos. El sonido de nuestras palmas juntándose una y otra vez con el afán de mostrar nuestro agradecimiento a quienes están en primera línea luchando contra este ‘bicho’, hacía un triste eco en la plaza. Ahora esto ha cambiado. Nosotros apenas salimos, la verdad, pero cuando llegan las 8 de la tarde, podemos escuchar aplausos, vítores, cornetas y hasta el famoso “Resistiré”, algún día que otro.

El tiempo primaveral ha hecho que, como las flores, los vecinos vayan apareciendo en sus ventanas y balcones.

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A primera hora la plaza está vacía. Las dos tenderas que en esta época mantienen sus puestos abiertos en el Mercat Vell los montan tranquilamente, en silencio. Se escucha el sonido de las cajas cargadas de fruta y verdura apilándose unas junto a otras. Yo me preparo para teletrabajar. Aún no son las 8 de la mañana. También se oyen más pájaros de lo habitual. Los árboles de la plaza dejan caer sus hojas secas sobre el suelo como una lluvia constante. Me permiten ver Dalt Vila. ¡No me puedo quejar de las vistas de mi “oficina”!

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Mi oficina de teletrabajo

Una toalla marrón cuelga del tendedero del tercer piso, justo en el bloque de al lado. Vive un hombre solo al que le gusta la música clásica. Es extranjero, no sabría decir de dónde, y toca el piano, normalmente por la noche.

Hay otro vecino, que no consigo ubicar, que está aprendiendo a tocar la trompeta. Su canción es la de My Way, de Frank Sinatra. La repite una y otra vez, unas veces mejor, otras peor. Me pregunto si es un niño que está practicando mientras no puede ir al conservatorio o un adulto que ha decidido aprovechar estos días, en los que el mundo se ha parado, para hacer lo que siempre había querido: tocar un instrumento.

Arriba, mis vecinos franceses pasan la mayoría del tiempo en el balconcito, como yo. Él fuma casi a cada hora y a ella, le gusta cocinar. Solo con el olor que me llega me imagino qué manjares estará preparando.

En el edificio de mi izquierda se ven las ventanas de tres pisos abiertas. Arriba nunca asoma nadie. En el segundo, dos niñas pequeñas juegan en el balcón. Es raro el día que no se les cae (o tiran) algún juguete a la calle. Cuando su padre baja a cogerlo ellas le saludan entre risas y con entusiasmo asomadas a los barrotes de su nuevo espacio de juego. Los vecinos del primer piso tienen una habitación de la que cuelga un cuadro gigante de Marilyn Monroe, estilo pop art. No suelen dar señales de vida hasta medio día. A esa hora, también suelen poner música, por cierto, bastante alta.

En otro de los edificios, el que queda en la esquina izquierda de la plaza, se ven muchas casas cerradas a cal y canto. Son pisos turísticos o que se solían alquilar para la temporada. Arriba, en la azotea, viven dos chicos y una chica jóvenes. Quizás en la treintena. Su hora es la del vermut. No tienen balcón, pero han decidido ocupar, al menos de momento, el tejadillo del edificio. Han instalado un par de sillas y salen a tomar el sol en bañador, con la guitarra y cuando toca, con sus copazos. Son italianos. Son los únicos a los que los árboles de la plaza no les tapan el sol en todo el día, por lo que lo disfrutan hasta que se esconde. A esa hora, ellos también vuelven dentro.

Justo a mi derecha viven dos chicos. Son de hacer su vida para adentro. Solo les veo cuando salen a tender. Uno de los días, ese momento coincidió con el paseo de un amigo. (Las conversaciones del balcón a la calle y de la calle al balcón también nos dan vidilla estos días).

– ¡Ey! ¿cómo lo llevas?

– Bueno, aburrido (risas)

– Ya… ¿estás trabajando?

– No, qué va. No hay curro. Aunque la jefa se ha enrollado y me sigue pagando el sueldo.

(¡Qué maja!, pienso yo)

– ¡Menos mal!

-Pues sí, la verdad, porque el casero no perdona el alquiler. Y a ver cómo íbamos a pagar los 1.000 euros que nos pide, que de ahí no baja el tío…

(Una de cal y otra de arena, me digo. De todo tiene que haber en este mundo. Y lo de los alquileres en Ibiza es algo que…, en fin)

El confinamiento está sacando lo mejor y lo peor de todos nosotros. Pero eso es otra historia. Volvamos a mi vecindario.

En el edificio de la esquina derecha la tienda de Tattoos está cerrada. También el bar de abajo, aunque he descubierto que los dueños viven en el primer piso, justo encima del local. También son italianos y la mayoría del tiempo lo pasan en el balcón, leyendo y tomando el solete (cuando lo hace). La mayoría de los días los veo hablar por el móvil, pero no lo tienen pegado a la oreja sino que lo miran. Lo de las videollamadas se ha puesto muy de moda este mes.

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Yo también hago videollamadas 

En el segundo piso de ese edificio vive una mujer que rondará los 50. Creo que está sola. La veo mucho tiempo en el balcón. Observando, sin más, a su alrededor.

De vez en cuando pasa la policía intentando controlar la pillería de muchos para saltarse estas restricciones que nos ha impuesto el estado de alarma.

– ¿Y ese perro?, ¡si tú nunca has tenido perro! – le dicen a un habitual de la zona que pasea a un perrillo pequeñujo y algo feo. Lleva sus guantes puestos pero nada de mascarilla.

– Es de ‘la mama’ – responde él.

Los polis se sonríen.

– Venga, un paseo rápido y para casa.

– Claro, claro.

Pero a los cinco minutos, vuelve a aparecer con su cerveza y se sienta en su banco de la plaza (siempre en el mismo). Se abre la lata, con sus guantes puestos y se la bebe tranquilamente. Su hora suele ser las 12 y algo de la mañana.

El otro día pasó otro de los habituales, en bici. ¡No lo veía desde hacía un mes! Es un personaje bastante peculiar y muy conocido en la isla.

– ¡Con esto del coronavirus vamos a tener que hacer el amor vía email! – le gritó a no sé quién.

Se escucharon risas.

Sé que dos calles más allá de esta plaza, los vecinos se han descubierto a sí mismos estos días. Tanto que se montan sus picnics y fiestas balconeras. Al parecer hasta han ideado un sistema de poleas entre balcones para poder pasarse víveres. ¡Compartir es vivir! Eso es así.

En mi plaza, sin embargo, los vecinos no interactuamos. No sé por qué. Es difícil explicar. En estas circunstancias en la que uno, a veces se siente tan solo, lo normal sería buscar compañía entre quienes te rodean. Pero, no nos sale. Somos como muy nuestros. A veces nos miramos, nos sonreímos, nos hacemos un gesto de saludo así con la cabeza y tal…pero de ahí no pasamos.

Me pregunto cómo será todo cuando volvamos a salir a la calle el 10 de mayo.

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