Cantabria infinita

Cantabria tiene infinitas opciones. Tantas que es imposible verla en una escapada de finde. Aún así a nosotros nos cundió bastante. ¡Llevábamos tantos meses sin viajar por culpa de la pandemia!

Os proponemos una ruta de tres días con rincones que no te puedes perder si visitas esta zona.

Picos de Europa

Volamos a Bilbao. No es mala opción para recorrer Cantabria. Allí alquilamos coche y cogimos carretera hacia nuestra primera parada: Castro Urdiales, un pueblecito pegado a la frontera del País Vasco, a tan solo 30 minutos del aerpuerto. Mezcla entre San Sebastián o Santander con los pueblos de interior. Tiene un paseo lleno de casas señoriales y una iglesia gótica, espectacular.

puerto de Castro Urdiales

DÍA 1. Como empezamos el día temprano fuimos directos a desayunar. Elegimos un bar de los soportales de la plaza del Ayuntamiento, ‘Los Chelines’. Buenas vistas y buena tortilla de patatas. Entramos a este porque estaba lleno de gente autóctona y fue un acierto.

A un paseo de cinco minutos desde la plaza del Ayuntamiento está el meollo de lo interesante: la iglesia de Santa María de la Asunción, de estilo gótico (siglo XIII). Es de esas que te hacen preguntarte cómo se construían esos edificios altísimos de piedra sin tener grúas ni las tecnologías que hay hoy día. Es una auténtica pasada. Al lado, el castillo-faro y este conecta con el puerto a través de un puente romano. Todo se puede visitar gratis.

Es un pueblo de marinos y pescadores. De los que invitan a pasearlo tranquilamente.

El cementerio de la Ballena tiene una visita. Nos lo recomendaron en la oficina de turismo y como a Isaac le encanta pasear por los cementerios bonitos pues nos acercamos. Es premio a “Mejor cementerio 2017” (si es que eso significa algo). Bueno, para los que sois como mi ibicenco sí. A mí lo que más me gustó es que está pegado al mar. Por cierto, si vais con tiempo y es verano, a la derecha del cementerio hay un camino que os lleva a una piscina natural.

Siguiente parada obligada, el Museo de la cueva de Altamira. El museo hace un recorrido por la prehistoria y la evolución del hombre, aunque lo más chulo para nosotros fue la visita a réplica de la cueva. Está muy bien conseguida y merece la pena porque te van explicando el significado de las pinturas, cómo las hacían, con qué materiales y esas cosas.

Nos habían recomendado reservar antes las entradas porque con esto de la Covid-19 las visitas eran con grupos muy reducidos y volaban, pero como era un viaje de estos de ir sin estrés fuimos sin entrada y no tuvimos ningún problema en comprarla en taquilla para el momento.

Si queréis probar suerte para ver la cueva real, visitad el museo el viernes a primera hora entre las 9.30 y las 10.30 horas. Eligen a 5 personas al azar para visitarla. Nosotros llegamos ya bastante tarde.

cueva de Altamira

A apenas cinco minutos en coche de Altamira está Santillana del Mar, el que dicen es el pueblo de las tres mentiras, porque ni tiene santa, ni es llana, ni tiene mar. Lo que sí que tiene es mucho encanto.

Calles empedradas, casonas cántabras con balcones de madera y fachadas llenas de flores. Paseamos sin rumbo disfrutando de las vistas. Podéis visitar la colegiata de Santa Juliana y su claustro, la casa del Águila y la Parra o el palacio de Velarde. Nosotros lo vimos todo por fuera y empleamos el tiempo en pegarnos un manjar.

¡Qué barato y qué rico se come en Cantabria madre mía! y cuánto dulce rico. Aquí lo típico son los sobaos y en Santillana del Mar encontramos una heladería que tenía helado de sobao. Por supuesto lo probamos. No está mal. 🙂

La tarde la pasamos en el hotel, el Casón de la Marquesa, en Las Fraguas. Muy bonito, por cierto. Piscina y relax, cena degustación, concierto y a dormir.

DÍA 2. Salimos hacia Santo Toribio de Liébana en torno a las 10.30 de la mañana. El edificio no es muy grande, pero tiene una gran importancia para los cristianos ya que venera una reliquia (la más grande conservada) de la cruz de Jesucristo. Desde la zona del monasterio hay varias rutas senderistas que se pueden hacer y dos pequeñas ermitas cercanas.

La siguiente visita fue Potes, a cinco minutos en coche. Hay varios aparcamientos gratuitos, el que se ve desde la carretera general suele estar lleno, pero por la parte de atrás del pueblo hay un descampado enorme para coches. Tardáis tres minutos andando al centro del pueblo.

Pasamos por delante de la iglesia de San Vicente y nos acercamos a ver la Torre del Infantado, pero como el museo cerraba a las 14 horas y eran menos cuarto no nos dejaron entrar, así que nos sentamos en una sidrería justo al lado, “La Majada”, con vistas también al río. Allí mismo, después de unas cañas, nos inflamos a comer. Todo muy bueno y a buen precio. Recomendable el sitio.

Cañas en Potes con vistas al río. (Mi cara creo que es por la concentración del paloselfie…)

Potes es otro de los pueblos de Cantabria que merece la pena solo pasearlo. Nos perdimos por sus calles y bajamos también a caminar por la zona del río.

Hay un caminito largo hasta los Picos de Europa, atravesando el desfiladero de Hermida con sus curvas infernales y sus vistas celestiales. Nos dirigimos al teleférico de Fuente Dé, otra parada obligada a nuestro parecer.

Tampoco habíamos comprado entradas con antelación, pero no tuvimos problema. 17 euros subida y bajada. Algo cara. No había nada de cola para subir. Imaginamos que este año con la pandemia todo es raro.

Yo solo miré de refilón durante la subida. Impresiona bastante. Subes a una altura de 1800 metros en cuatro minutos. Las vistas son alucinantes. Estás literalmente en el cielo. Pasamos el resto de la tarde allí. Paseamos y buscamos un rincón tranquilo donde poder sentarnos y quitarnos la mascarilla para respirar ese aire fresco durante un rato. Después del relax… ¡pasamos más de una hora haciendo cola para bajar! Paciencia…

De vuelta al hotel hicimos parada estratégica en Unquera solo para que mi ibicenco se comprara el dulce típico, las corbatas de Unquera.

DÍA 3. Desayunamos con calma, hicimos check out en nuestro hotelito de ensueño y nos pusimos rumbo a San Vicente de la Barquera. ¡Ay!, qué razón tenía Bustamente…¡qué bonito es este pueblo!

Aparcamos fácilmente junto al casco histórico e iniciamos nuestro paseo en la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles. Está rodeada por la muralla medieval y se puede visitar por 1,5 euros. El interior es precioso, lleno de símbolos en los capiteles y el techo. El suelo de madera nos flipó, parece el original. Frente a la puerta principal está la muralla y un mirador con vistas a la ría y a los prados llenos de vacas.

Bajamos por la calle principal del casco histórico que pasa frente a la Casa Consistorial, antigua casa familiar de un inquisidor cuya tumba está en la iglesia. También pasamos por el castillo.

En el puerto, la especialidad de bares y restaurantes es el pescado. Comimos en “El Pescador”. Un arroz con bogavante que estaba para chuparse los dedos, literal. Nos sentamos en una mesa en primera línea del puerto con unas vistas muy agradables del puente que cruza la ría.

Siguiente parada: Comillas. Otro de los pueblos para pasearlos y disfrutarlos. Declarada Conjunto Histórico Artístico. Cuenta con algunos de los edificios modernistas de Cantabria más importantes: El Capricho, la Universidad y el Palacio de Sobrellano.

Visitamos el Capricho de Gaudí. Girasoles y balcones con sillones, techos de fantasía y muebles esqueleto. Desde luego, un capricho. La entrada cuesta 5 euros y desde luego merece muchísimo la pena.

Salimos con tiempo de sobra rumbo al aeropuerto pero si nos descuidamos perdemos el avión (de verdad). Nos tiramos tres horas de reloj en un atasco. Tenedlo en cuenta si vais de Cantabria a Bilbao un domingo por la tarde. Llegamos al aeropuerto con la última llamada para nuestro vuelo, corriendo con las mochilas y los sobaos que habíamos comprado debajo del brazo. Los de seguridad gritándonos “izquierda, derecha, al fondo, puerta 2. Les están esperando”. Yo veía la situación desde fuera e iba toda agobiada pero riéndome sin parar. ¡De locos! No nos quedamos en tierra por un minuto. Las azafatas estaban recogiendo el mostrador cuando nos vieron aparecer y avisaron al avión… Un fin de viaje a la altura de este 2020.

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